Crónicas de una paloma urbana

Comprender para convivir y proteger la biodiversidad urbana. Las palomas de plaza también cuentan una historia.

Por: Vanessa Duque


Si usted camina por cualquier plaza de Bogotá, tarde o temprano se va a topar con una paloma. Las vemos tanto que ya ni las vemos. Se volvieron parte del paisaje, como una banca o un semáforo, algo que está ahí y ya. Y esa es justo la pregunta que a mí me quedó rondando: ¿qué tanto sabemos de esta especie con la que compartimos calle todos los días? La paloma de plaza, Columba livia, es probablemente el ave introducida que más cercana esta del ser humano en todo el planeta, y al mismo tiempo una de las que menos entendemos. De esa distancia entre lo cercana que es físicamente y lo poco que la conocemos nace esta crónica. Mi idea no es hablar solo de basura y de manejo de residuos, sino ir un poco más al fondo: a la educación ambiental como camino para convivir mejor, tanto para ellas como para nosotros. Aprender a coexistir de manera armoniosa en este hogar llamado planeta Tierra.


Vamos a empezar tumbando un mito bien instalado: que la paloma está en la ciudad porque nos necesita para sobrevivir. No es así. Es un ave muy resiliente, que anida sin problema en repisas y cornisas porque le recuerdan los acantilados rocosos donde vivían sus antepasados, y que puede comer semillas, granos y restos orgánicos sin que nadie le dé nada. El problema no es que la paloma dependa de nosotros. El problema es que nosotros la condicionamos a depender de nosotros, y eso trae consecuencias en su comportamiento y en su biología que casi nadie para a pensar.
Ahí está el primer punto que quiero poner sobre la mesa: la alimentación desmedida y sin ningún control. Pan, arroz, papas, lechona: comida pensada para nuestro cuerpo, que termina en el buche de un ave cuyo sistema digestivo no está hecho para eso. Y esto no es inofensivo. Hablamos de palomas que comen mucho, pero se nutren poco, con alteraciones metabólicas, problemas hepáticos, un deterioro que va avanzando poco a poco y que casi nadie relaciona con ese gesto que parece tan tierno de «darles de comer».


Hay otra capa del problema, más difícil de ver, pero igual de importante: el condicionamiento del comportamiento. Cuando el alimento aparece todos los días, a la misma hora, en el mismo lugar y de la misma mano, el ave deja de buscar. Deja de desplegar esas conductas de forrajeo que la hacen ser lo que es. Se vuelve una paloma que espera en vez de buscar, que se agrupa donde está la persona y no donde está el recurso natural. Y ahí sí me atrevo a decirlo: se vuelve una paloma perezosa. No porque nazca así, sino porque nosotros construimos las condiciones para que dejar de esforzarse sea lo más rentable. Y para mí ese es el verdadero motor del aumento de palomas en Bogotá, mucho más que la basura que hay en la calle. Ahora bien, destacando su suma inteligencia al ser capaces en reconocer a los rostros de las personas que las alimentan.


Y aquí quiero detenerme un momento, porque creo que ahí está el punto ciego de casi todas las estrategias de manejo que conozco: se enfocan en el residuo y se olvidan de la educación. Sí, la basura orgánica mal manejada alimenta fauna urbana, eso es real. Ya llegan torcazas, chamones ha adquirir ese comportamiento. Pero quedarse solo en eso es quedarse en la superficie del problema. Lo que realmente hace falta es enseñar que esta especie no necesita que la alimentemos a diario para sobrevivir, que darle comida sin control no es un acto de cuidado sino una forma de intervenir un ecosistema con consecuencias, y que el bienestar animal no se mide por cuánta comida reciben sino por si pueden comportarse como lo que son: aves libres.


Y no puedo hablar de este tema sin mencionar la parte humana, que para mí es la más difícil de abordar. Vivimos en un país que ha cargado con décadas de violencia, desplazamiento y fractura social, y no me sorprende que mucha gente encuentre en las palomas un vínculo emocional muy fuerte. Alimentarlas todos los días se vuelve, para varias personas, casi un ritual, una forma de dar cariño en un entorno que muchas veces no se lo devuelve. Yo entiendo esa necesidad y la respeto. El punto no es señalar a nadie ni decir que está mal querer cuidar. El punto es encontrar otras formas de expresar ese cariño que no le hagan daño al ave ni desequilibren lo que pasa en la ciudad.
Y del otro lado de esa misma moneda está el rechazo, que es la parte más dura de contar. En Bogotá, muchas veces en la misma cuadra, hay personas que alimentan compulsivamente a las palomas y personas que las envenenan, las maltratan o les ponen púas, pegantes, mallas cortantes, o que destruyen sus nidos y botan los huevos. Es una violencia que casi nadie cuestiona porque le pasa a un animal que muchos consideran «sucio» o «menor». Pero sigue siendo violencia, contra un ser que siente, que no eligió venir a vivir a nuestras ciudades: fuimos nosotros los que construimos los edificios que hoy ocupa.


Y esa estigmatización, la verdad, no se sostiene con los hechos. La Secretaría Distrital de Ambiente (Concepto técnico No. 12629 del 25 octubre del 2019) ni siquiera la considera plaga en Bogotá, y aun así mucha gente actúa como si lo fuera y le aplica métodos de control cruentos por su propia cuenta, sin ningún respaldo técnico ni sanitario. Esa distancia entre lo que dice la norma y lo que hace la gente en la calle es, justamente, el terreno donde debería trabajar la educación ambiental. No se trata de prohibir o sancionar nada más, sino de cambiar cómo entendemos qué lugar ocupa esta especie en nuestra biodiversidad urbana.


A todo esto, se le suma un tema sanitario que solemos ignorar hasta que ya es imposible no verlo: las palomas de Bogotá conviven con enfermedades como la viruela aviar, que deja esas lesiones en patas, pico y zonas sin plumas que a veces vemos y ni sabemos qué son. Y muchas veces esa lesión es apenas la punta del iceberg de un problema más grande: hacinamiento y estrés poblacional. Una población que crece artificialmente por la sobrealimentación es también una población más expuesta a enfermarse. El ave enferma que vemos en el parque es, en el fondo, el reflejo de un desequilibrio que empezó mucho antes. Y que vivir en la urbe, es prácticamente: evitar ser atropelladas en las calles, intentar que no se les enrede nada en sus patas, muchas veces, hacer el nido con lo que encuentren o simplemente sin hacer nido dejando sus huevos sin protección.
Quiero cerrar con una idea que me parece clave para todo lo que viene: la paloma no es solo un problema que hay que resolver, también es una herramienta de conocimiento. Por lo expuesta que está a la contaminación del aire, del suelo y del agua, y por vivir literalmente pegada a nosotros, la Columba livia, tiene un potencial enorme como bioindicador de la calidad ambiental de nuestras ciudades. Estudiar su salud, su comportamiento y cómo cambian sus poblaciones no es solo un tema de bienestar animal, es también una forma de leer el estado real de la biodiversidad urbana que compartimos todos los días sin darnos cuenta. Un estudio realizado en 2016 por la investigadora Rebecca Calisi y su equipo en la The New York Times demostró que las palomas en la ciudad de Nueva York funcionan como eficaces bioindicadores de la contaminación por plomo.


Por otro lado, convivir para proteger, entender para no hacer daño: ese es, en el fondo, el hilo de esta crónica. No quiero romantizar a la paloma ni tampoco justificar todo lo que pasa sin cuestionarlo. Quiero invitar a mirarla con más información, con el rigor de la biología, pero también con la sensibilidad que este tema pide. Por mucho tiempo usamos esta especie como carne y su uso al ser palomas mensajeras, ahora, queremos desterrarlas y eliminarlas a como dé lugar. Porque al final, cómo tratamos a la especie más cercana y más ignorada de nuestras calles dice mucho de qué tan sana es la cultura ambiental que estamos construyendo como ciudad. Sigo convencida de que educar sigue siendo la herramienta más poderosa que tenemos para cambiar cómo convivimos en la ciudad.


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